Enzo: El ídolo de Zidane

 Por: Facundo Marquez (@facuumarquez)

El ídolo del ídolo. El héroe del héroe. Aquellos que pasan a ese reservado espacio de la inmortalidad donde las hazañas se cuentan por años y años. El abuelo al nieto y éste a su nieto. Los logros de aquellos pocos que despiertan los sueños más maravillosos de otros que también despertarán sueños en los niños y niñas del mundo. ¿Y qué sueño más grande que querer ser jugador de fútbol?

Así, Diego Maradona se emociona por la muerte de Roberto Gómez Bolaño porque lo hizo llorar de risa cuando volvía del colegio en su Fiorito natal. Años después, en la semifinal del 86 contra Bélgica, recibe a Ricardo Bochini en el campo de juego y lo saluda: “Pase maestro, lo estábamos esperando”. Un joven Andrés Iniesta se muere por esa foto con Román Riquelme que guardará para siempre. Raúl González llama a sus hijos con los nombres de pila de dos delanteros tremendos de su infancia: Jorge Valdano y Hugo Sánchez. La cara de Lionel Messi se ilumina cuando su ídolo, Pablo Aimar, lo saluda en un video en la última gala del balón de Oro.

El joven Zinedine sueña con el balón a finales de la década del 80. Con el deseo incondicional de acariciarlo, tiene un referente principal. No es el Maradona de Nápoli ni el retirado Platini de Juventus. Es el uruguayo Enzo Francescoli, el Príncipe. Sus gambetas y su magia dentro del campo de juego lo terminarán de enamorar del deporte más maravilloso del mundo.

“Cuando era pequeño yo solamente quería jugar como él. No me refiero a parecerme a él. Me refiero a jugar, jugar…” Un Zidane más veterano lo dice tiempo después. Su mayor ídolo fue Francescoli y él siempre quiso jugar como él. Enzo había llegado a Francia en 1986, después del mundial de México, para jugar en el Racing de París. Venía del otro lado del Atlántico, del River Plate argentino donde se había convertido en ídolo.

Antes de eso el humilde Montevideo Wanderers fue su cuna futbolística. Cuenta una vieja anécdota que Francescoli quiso probarse en Peñarol (Club del que era simpatizante) y, vaya paradoja, en el River Plate charrúa. Pero en ambos lo rechazaron. “Es muy flaquito, muy chiquito, que venga el año que viene”. Así el botija llegó al Wanderers donde debutó y comenzó su leyenda.

Al cruzar el Río de la Plata, el joven de aspecto desgarbado fue recibido por la gente del River Plate argentino. Por aquellos años el millonario pasaba una etapa particular, todavía levantándose de una crisis y con la partida de algunas de sus grandes figuras como Norberto Alonso y Ramón Díaz. El uruguayo llegaba con la promesa de gol y buen juego, y una copa América ganada con su selección. Por aquel entonces ya le apodaban “Príncipe”, ya que su estilo y su elegancia traían a la memoria el recuerdo de Aníbal Ciocca, delantero del Quinquenio de Oro de Nacional de la década del 40.

A partir de ahí Francescoli se convirtió en uno de los jugadores más importantes del siglo XX. Primero con Adolfo Pedernera en el banco y luego con Héctor “Bambino Veira” el equipo levantó su nivel. El consagratorio 1986 lo tuvo como protagonista de una de esas jugadas inolvidables que perduran por los años. Era verano y River jugaba un amistoso en Mar del Plata contra la selección de Polonia. Después de hacer dos goles sobre el final y alcanzar un 4-4, Francescoli realizó una chilena en el borde del área grande y estampó el 5-4 final, en uno de los partidos amistosos más recordados de todos los tiempos. Luego llegó el campeonato y ese coreo que baja, al día de hoy, de las tribunas del Monumental: “¡Uruguayo!, ¡Uruguayo!”

Quizás por su elegancia es que su recuerdo en Francia dejó huellas inolvidables en muchas personas y también en Zidane. En el Olimpo del fútbol son pocos los que pueden decir que lograron mimar a la redonda para que nunca abandonara sus pies. “Para mí, jugar bien es lo mismo que tenía que hacer cuando empecé a jugar en la calle. Luego incorporas cosas. Puedes aprender a colocarte, a perfilarte para golpear la pelota… Pero el pase, la gambeta, o el control, no son cosas que yo aprendí en un club” Después del paso por Racing –Sin títulos pero con varios compilados de jugadas y goles en Youtube –  pasó al Marsella. Allí, antes de que los Phocéens tocaran el cielo y el infierno en el 93, se dio el gusto de ser campeón.

Siempre con la promesa de volver a River, Francescoli dedicó toda su carrera a la selección. Era el líder y la figura. Sin embargo no pudo destacarse durante los mundiales de México e Italia. En ocho partidos marcó un gol sin pasar los Octavos de final, a pesar de jugar un gran partido ante la Argentina de Bilardo. En la copa América su desempeño fue bien diferente. Campeón en el 83, se dio el gusto de repetir en el Monumental de Buenos Aires en la edición del 87 y en el Centenario, en su tierra, en 1995. Además fue subcampeón en 1989. Por su magia y sus logros Edson Arantes lo ubicó entre los 100 mejores jugadores del siglo XX, para la FIFA.

“Hay un momento, un segundo, donde se genera la posibilidad del gol. Es ese desborde, ese pase, ese regate, ese amague que posibilita el gol. Lo más importante del futbol no es el gol sino esa acción previa al gol” Luego de su paso por Italia, Enzo Francescoli volvió al River de Ramón Díaz para hacer goles y ganar la copa Libertadores. Y si alguien dice que las segundas partes no son buenas es porque no veía fútbol argentino en esa época. No sólo el Príncipe levantó la copa, una de las imágenes más recordadas de los 90, sino que además cosechó otros cinco títulos, incluida la desaparecida Supercopa del 97 y el tricampeonato local.

Con la Banda viajó a Japón para jugar la Intercontinental contra la Juventus de Marcello Lippi, en donde brillaban Peruzzi, Ferrara, Deschamps, Del Piero, Boksic y… Zidane. El francés, que era compañero de otro uruguayo – Paolo Montero – jamás pensó en una noche así. Su ídolo frente a frente, como rival. El gol de Del Piero y el título para los de Turín dibujó una alegría un poco amarga en Zizou. Para ser el mejor tenía que vencer a su referente número 1. Por eso cuando terminó el partido, no dudó. Corrió y lo buscó. Lo abrazó y le pidió la camiseta como el nene más inocente le pide un autógrafo a su ídolo a la salida de un entrenamiento. El Príncipe, el caballero, el héroe de mil batallas, el que llegaba al final de su carrera y de su principado, el que había desparramado magia en uno de los países más mágicos del mundo, el extranjero ovacionado en uno de los países más futboleros del mundo, se la entregó. Y lo felicitó.

Tiempo después Francescoli se despidió del fútbol jugando con sus hijos en un estadio Monumental colmado de gente. Zidane tomó la posta y se consagró como uno de los mejores jugadores que vio el mundo entre el reinado de Maradona y el de Messi. Jamás dejó de llenar de elogios a su ídolo. En el mundial del 98, que Francia ganó en casa, Zidane usó la remera de Enzo como pijama. Era la mejor manera de conciliar el sueño en sus horas más importantes. Volver, en los sueños y con la casaca, a los simples y sinceros sueños de un niño que quiere jugar al fútbol. Y obvio, llamó a su hijo Enzo.

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